viernes, 17 de diciembre de 2010

Elogio de mis padres (y de muchos de los vuestros)

Hace ya unos años que me mudé de casa de mis padres. Además, cambié de ciudad y, tras la última mudanza, vivo todavía más lejos. Quizá sea por las fechas, pero debo reconocer que no les veo todo lo que me gustaría.

Mis padres no fueron a la universidad. Ni tuvieron la oportunidad de estudiar en secundaria. Eran otros tiempos; quiero pensar que peores. Mis padres trabajaron (y todavía lo hacen) muy duro para que sus hijos sólo tuviesen que preocuparse de estudiar (y de las tonterías habituales de cualquier adolescente). Cuando digo mis padres, volvamos al título, me refiero también a muchos de los vuestros. Mis padres, sigo, se sintieron orgullosos cuando superé la selectividad y conseguí plaza para estudiar en la universidad. Jamás pusieron en duda que podía estudiar aquello que quería estudiar, así que eso también se lo debo. Quizá ellos hubiesen preferido que fuese ingeniero. O abogado. No lo sé, nunca me dijeron nada al respecto.

Desde bien pequeño, me animaron a leer, aunque eso ya lo traía de serie, por lo que me dicen. Luego me gustó poder compartir lecturas con ellos, sobre todo con mi madre, quien descubrió a Galdós superados los cuarenta para no dejarlo ya más. También les debo ese respeto casi religioso de dejarme tranquilo cuando tenía un libro entre las manos.

Por supuesto, les debo muchas otras cosas más que aquí no vienen al caso, pero seguro que sabéis de qué hablo. Todavía recuerdo el día en que les dije, con un poco de pudor: "Creo que quiero estudiar filología. Pienso en otras carreras y, después de darle vueltas, vuelvo siempre a la misma". Mi madre (cuánto saben las madres, aunque nos cueste reconocerlo) contestó: "Disfruta de la universidad; seguro que serán unos años muy buenos". Y eso fue todo, no hizo falta nada más.

Luego, claro, ha habido otras personas que me han ayudado, me han empujado y me han hecho ver que tomé la decisión acertada. Pero ésa es otra historia y quizá deba contarla en otro momento.

8 comentarios:

Rocío dijo...

¡Qué bonita la entrada!

Me he sentido identificada. Es una suerte tener unos padres así ¿no crees? Conozco amigos a los que sus padres les obligan a estudiar lo que creen conveniente. Es una pena.

Un saludo ;)

juan david dijo...

wow, muy buena reflexión, la verdad, me hizo sentir algo en el pecho, casi sentí que la había escrito yo mismo; aunque a mis papás no les inspiraba tanto respeto la carrera. Aún así, me encantó

Anxo dijo...

Tengo que dar gracias a mi padre porque también me dejó escoger lo que estudiar (ya también en la rama de bachillerato y las optativas). Siempre me dijo "como no se sabe qé va a pasar el día de mañana, y vas a acabar trabajando de lo que cuadre... por lo menos estudia algo que te guste y lo disfrutes mientras."

Carlos.A dijo...

A mi padre al principio no le hizo mucha gracia, pero creo que en el fondo siempre supo que yo acabaría ahí. Él también lee mucho y de alguna manera en ese ambito le sirvo como un brazo

Anónimo dijo...

Anxo, Esa frase también la decía mi madre -y aún la dice- "Estudia lo que quieras, trabaja en lo que puedas".

¡Qué sabios son los padres de filólogos! ;=

Raquel dijo...

Yo también me siento identificada. Mis padres tampoco pudieron estudiar, y siempre se han preocupado de que sólo estudie, incluso a día de hoy que estoy preparando las oposiciones (porque yo sí, 24 años, pero sigo en casa).

Y en cuanto a la elección de carrera, lo mismo. Yo lo tenía claro desde pequeñita (quería ser profesora de inglés). Tenía dos opciones: Magisterio de inglés (que lo había en mi ciudad), o Filología Inglesa (que suponía irme a otra ciudad con los correspondientes gastos). A mí lo que me gustaba era el inglés, estudiar su fonética, su origen, su literatura, su todo... algo que no me daban en Magisterio. Mis padres, por comodidad o incluso por ahorrar pudieron haberme dicho: "Mira, estudia Magisterio, que así no te tienes que ir de aquí, y serás profesora igualmente", pero NO. Lo que me dijeron fue: "Estudia lo que quieras, si te gusta más Filología, adelante! No te preocupes por la distancia que sólo son 90km, y todos los fines de semana te iremos a buscar". Y así fue, podía venirme en bus, pero llegaría más tarde, más cansada, pendiente de horarios, con la maleta a cuestas... pero no, siempre me fueron a buscar los viernes a la misma facultad y los domingos bien entrada la noche me dejaban en el piso, o incluso los lunes a primera hora me dejaban en la propia facultad.

Cuando estaba en el último curso de Filología valoré solicitar una beca de Auxiliar de Conversación en el Reino Unido. Evidentemente, no les hacía mucha gracia que su hija estuviera en otro país extraño, pero nunca me dijeron nada, al contrario: "Si es lo que quieres hacer, y si te va a ayudar, adelante". Y nuevamente, cada vez que me venía a España, ahí estaban en el aeropuerto ya con horas de antelación por si se adelantaba el vuelo.
De vuelta en España, me quedaba por hacer el CAP, tuve suerte y encontré una convocatoria extraordinaria (teoría en Julio, prácticas en Septiembre) en Madrid (yo vivo en Galicia), y me animaron a que me fuera allí, sólo para que no tuviese que hacer el Máster durante TODO un curso al año siguiente. ¿Que me fuera allí? No... que me llevaron allí y me fueron a buscar allí, y ya no estamos hablando de 90 km...

Finalizado el CAP, me puse a buscar trabajo como profesora de inglés, no encontré gran cosa, aunque poco a poco van surgiendo. Nunca me dijeron: "Oye, ya has estudiado, ahora a trabajar en lo que se pueda", al contrario: "céntrate en las oposiciones y si quieres dar clases de inglés, adelante".

Está claro que ellos se sienten orgullosos de nosotros, pero también nosotros nos debemos sentir orgullosos, no de los padres... de los padrazos que tenemos!!

Creo que nunca les podremos devolver todo lo que nos han dado a lo largo de nuestras vidas :)

Cisne Negro dijo...

Tu historia es, efectivamente, la de muchos de nosotros. Da gusto comprobarlo.

Acabo de conocer el blog por una colega y me encanta. Saludos de otro filólogo.

Mei dijo...

Este texto me ha recordado todo lo que fomentaron mis padres mi lectura y, a la vez, cuando me castigaban sin el libro porque no me terminaba la comida. Antagonías perfectas las suyas. Bonito texto, te sigo (: