Estaba comprando fruta en el mercado. Unas naranjas, unos kiwis (palabra que cada frutero, por cierto, pronuncia de forma diferente) y un melón. Este último salió bastante bueno, tengo que decirlo. En eso estaba cuando me pareció ver un rostro conocido que me miraba, pero no supe, en el primer momento, identificar de dónde conocía a esa persona. Me costó un par de segundos, pero enseguida caí; era mi profesora de lengua del instituto, a la que hacía algunos (bastantes) años que no veía. Se acercó sonriendo y empezamos a hablar de los viejos tiempos en clase; de la lata que le daba, de aquellos exámenes decimonónicos, de algunos antiguos compañeros. En fin, de esas cosas.
Después de cinco minutos hablando, y cuando ya se marchaba, se giró de nuevo con su bolsa de verduras y me preguntó qué había estudiado finalmente en la universidad. “Filología”, le dije, y noté en su cara sorpresa, pero también satisfacción. Cuando ella asentía, justo antes de darse la vuelta de nuevo, me salió de forma espontánea una despedida que la hizo sonreír, esta vez de manera amplia. “Gracias”, le dije.
Ese “gracias”, en realidad, no era sólo para ella, sino para todos los profesores de secundaria que transmiten a sus alumnos su amor por las letras (o por la materia que impartan).