viernes, 9 de septiembre de 2011

Profesores que marcan

Estaba comprando fruta en el mercado. Unas naranjas, unos kiwis (palabra que cada frutero, por cierto, pronuncia de forma diferente) y un melón. Este último salió bastante bueno, tengo que decirlo. En eso estaba cuando me pareció ver un rostro conocido que me miraba, pero no supe, en el primer momento, identificar de dónde conocía a esa persona. Me costó un par de segundos, pero enseguida caí; era mi profesora de lengua del instituto, a la que hacía algunos (bastantes) años que no veía. Se acercó sonriendo y empezamos a hablar de los viejos tiempos en clase; de la lata que le daba, de aquellos exámenes decimonónicos, de algunos antiguos compañeros. En fin, de esas cosas.

Después de cinco minutos hablando, y cuando ya se marchaba, se giró de nuevo con su bolsa de verduras y me preguntó qué había estudiado finalmente en la universidad. “Filología”, le dije, y noté en su cara sorpresa, pero también satisfacción. Cuando ella asentía, justo antes de darse la vuelta de nuevo, me salió de forma espontánea una despedida que la hizo sonreír, esta vez de manera amplia. “Gracias”, le dije.

Ese “gracias”, en realidad, no era sólo para ella, sino para todos los profesores de secundaria que transmiten a sus alumnos su amor por las letras (o por la materia que impartan).

martes, 6 de septiembre de 2011

Libros y aviones

Mi hermano me prestó un libro la última vez que fui de viaje. Unas 900 páginas, redondeando. Cuando me disponía a volver a casa, ya con la maleta facturada, iba leyendo las últimas líneas de la novela en cuestión. Al llegar a la cola de embarque quedaba ya poca gente, así que me tocó pasar, pero el señor que estaba allí me detuvo y me hizo introducir la maleta de mano en uno de esos artilugios metálicos para comprobar que tenía las medidas adecuadas. Sin problema. Iba a intentar pasar de nuevo cuando me señaló una báscula que había justo al lado. Coloqué mi maleta con cuidado y pesaba 10 kilos y 200 gramos. "Lo siento; el peso máximo permitido es de 10 kilos", me dijo de nuevo el señor, mientras atendía ya al siguiente pasajero.

Cogí mi maleta y saqué una chaqueta, que me puse por encima. Tercer intento con todos los pasos; billete, artilugio de medidas y báscula. Todo correcto. Intenté entrar de nuevo, pero otra vez su voz me impidió el paso: "No puede llevar el libro en la mano; debe ir dentro de la maleta". Reconozco que no me había pasado nunca, así que salí de la cola y pensé cómo podría pasar, ya que el libro no cabía en la maleta y, si hubiese cabido, el peso habría superado de nuevo el máximo permitido. Mientras pensaba, no dejaban de llegar a mi cabeza las voces de mis amigos y sus consejos sobre el libro electrónico, pero necesitaba una solución rápida, así que opté por tirar el libro a la papelera y seguir con mi viaje.

No ha colado, ¿verdad? Un último intento y entonces conseguí pasar; billetes, artilugio de medidas, peso de la maleta y ningún otro bulto en las manos. Cuando el buen señor se dio cuenta, ya era demasiado tarde para impedir que pasara con un rectángulo de kilo y medio marcado en la espalda entre el jersey y la chaqueta.

Por cierto, facturar esa maleta de mano costaba algo más de lo que me había costado el billete. Libro y yo, de vuelta en casa.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Una maleta de hace medio siglo

Entra a casa con una maleta, calculo, de los años sesenta. La maleta me encanta desde el primer momento; es de aquellas marrones, de piel, que se cierra con largas correas. La deja en el suelo y me dice que la ha cogido de casa de sus abuelos y que dentro hay un pequeño tesoro que quiere compartir.

Cuando la abre, mi sonrisa me delata. Hay un montón de libros que llevan años en las estanterías de sus abuelos y que ahora van a estar en las suyas. En las mías, al fin y al cabo. Hay varios libros de cocina de finales de los años sesenta y principios de los setenta (cómo ha cambiado la manera de editarlos; prácticamente no hay imágenes). Hay también algunas novelas editadas en aquellos años (no he leído la mayoría), pero dos libros llaman mi atención por encima de los demás.

Uno parace a simple vista un tomo de enciclopedia, aunque con menos páginas. Sorpresa; es un compendio de proverbios sicilianos (con su traducción correspondiente al toscano). Es una edición de los años cincuenta muy cuidada. Mucho.

El otro es mucho más pequeño y está metido en una caja. La abro y las letras de la cubierta del libro están muy gastadas, así que allá voy... Vaya, es un misario de los primeros años treinta. Creo que es el primero que tengo entre las manos. Paso algunas páginas y tiene más sorpresas; está lleno de pequeñas estampas de comunión, bodas y funerales, desde 1934 hasta los años sesenta.

Llevo un par de horas repitiendo lo mismo: vaya...

viernes, 2 de septiembre de 2011

4.400 días después

Lo de 4.400 es un poco por redondear, porque la cifra de días exacta soy incapaz de recordarla. Más de doce años, eso sí. Eso es lo que ha tardado un amigo en devolverme un libro que le presté por aquel entonces. Lo ha sacado de su mochila casi con vergüenza (o sin el casi, según me ha dicho luego) y me lo ha tendido en forma de disculpa. Yo, al principio, no entendía nada, pero cuando me he dado cuenta de que lo que tenía en mis manos era un libro que había prestado hacía tantos años casi me da por reír. Don Álvaro o la fuerza del sino, nada menos. Hacía tanto tiempo que hasta he llegado a pensar que sólo podía ser una primera edición...

Me ha dicho que ha estado en su estantería desde entonces (doy fe de que está en perfecto estado) y que, por una cosa u otra, nunca se había acordado de devolvérmelo. Hoy se acordó. Y se lo agradezco.

¿Sabéis qué es lo que he hecho nada más llegar a casa, incluso antes de colocarlo en su lugar? Mirar en mi estantería por si tenía yo algún libro ajeno en la misma situación. No sé si me creeréis, pero he estado unos minutos con un nudo en el estómago. Al final, nada, todo en orden. Y menos mal...

jueves, 1 de septiembre de 2011

Segundas partes

Hay días que a uno se le hacen especialmente largos. "Por nada en concreto, sino por todo en general", como dice muchas veces un buen amigo. En el autobús de vuelta a casa había mucha gente. Septiembre, dicen. Hacía calor y el tráfico era denso. Entre resoplidos, oí una risa breve un par de asientos más atrás (eso sí, yo estaba en el pasillo). Una chica, de unos veinte años (lo reconozco, no soy muy bueno para adivinar edades), sonreía a las páginas de su libro. No pude evitarlo e incliné levemente la cabeza hasta ver la portada. Sentí curiosidad por aquel libro que ponía de buen humor a aquella chica.

Un segundo, dos, tres. "Pues sí, sí", me dije a mí mismo. Aquella chica estaba leyendo El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Por un momento, antes de volver a los frenazos, al calor y a los gritos de los demás conductores, fui feliz en aquel autobús. De verdad que lo fui.


martes, 30 de agosto de 2011

Un nuevo proyecto: la revista

Continuamente estamos dándole vueltas a nuevos proyectos e ideas que puedan resultaros interesantes. Entre ellas, está la creación de una revista hecha por todos nosotros (por quien quiera colaborar, claro está), donde habrá distintas secciones, como artículos que hablen sobre temas relacionados con cualquier aspecto de la filología (trabajos de investigación o análisis), reseñas bibliográficas y otros artículos que nos hablen de las curiosidades de las lenguas en cualquier lugar del mundo. Son sólo ideas que deben pulirse, si queréis, con vuestra ayuda. Todas las ideas, por supuesto, son bienvenidas.

La revista será electrónica, aunque se podrán hacer copias en papel, y contará con ISSN, lo que supondrá que los participantes en la revista podrán demostrar como mérito académico haber publicado en una revista reconocida por la Biblioteca Nacional de España y por la Agencia Internacional del ISSN. Estamos trabajando en el diseño y nos gustaría poder contar con vuestra colaboración. Como siempre decimos, sin vosotros todo esto no tendría sentido.

Ah, se me olvidaba; todavía no tenemos nombre, así que se aceptan sugerencias.

Nos gustaría saber vuestra opinión con respecto a este proyecto y conocer quién estaría interesado en participar.

Podéis opinar sobre el nombre de la revista, aportar ideas y hacernos llegar vuestra voluntad de colaborar en este nuevo proyecto en el foro: PROYECTO DE NUEVA REVISTA. Por supuesto, también podéis dejar vuestros comentarios en esta entrada del blog.

Esperamos que os animéis a participar en la revista.

domingo, 28 de agosto de 2011

El alemán y el español, la misma lengua

Ha ocurrido durante una cena, cuando dos señores han coincidido uno al lado del otro y, sin conocerse previamente, han empezado a hablar. Hasta aquí, nada que parezca demasiado extraño, así que sigo explicando. Uno de ellos es alemán y vive en España desde hace muchos años, pero no sabe más que unas pocas palabras en español. La otra persona es española y no conoce ninguna palabra en alemán. Para aclararlo un poco más; ninguno de ellos habla inglés.

Poco a poco, cada uno en su lengua, han iniciado una conversación ante la atenta y extrañada mirada de algunos de los asistentes, entre los que me incluyo. Como yo no hablo alemán, me hubiesen ido bien unos subtítulos, algo que no ha sido necesario para ninguno de los dos señores, que parecían hacerse hasta bromas.

Lo cierto es que no sé qué se ha dejado por el camino cada uno de ellos y cuánto han entendido el uno del otro, pero en ocasiones me doy cuenta de que la voluntad de comunicarse va más allá de cualquier barrera. Bien por ellos.

viernes, 5 de agosto de 2011

Abierto por vacaciones

Amigos, no sé si merecidas o no, pero nos ha llegado la hora de las vacaciones. Unos días y estamos de vuelta, pero ya sabéis que no cerramos la parada durante estos días. Podéis seguir participando en este mismo blog, en la página de facebook o a través de twitter. También os podéis hacer amigos de nuestro perfil en facebook. Por supuesto, el foro también sigue abierto y podéis encontrar muchos temas para debatir e incluso para echar unas risas.

Lo dicho, que después de estos días volveremos con fuerzas renovadas y con nuevos proyectos, en los que esperamos que queráis participar.

Como siempre, muchas gracias a todos. Ya sabéis; abierto por vacaciones.

jueves, 4 de agosto de 2011

Hantonios y Llolandas

Tengo varios amigos que son profesores en secundaria. Uno de ellos me explicaba hace unos días que le descontó unas décimas a un alumno por escribir de forma incorrecta su nombre en un examen. Había puesto “Enrike”. El chico protestó y alegó que era su nombre y lo escribía como le daba la gana. Mi amigo se mantuvo firme y le descontó esas décimas. El tema llegó a la dirección del centro y hubo hasta una reunión con los padres, que también se quejaron formalmente. Mi amigo explicaba que cada uno puede “tunearse” su nombre como quiera, pero no ante instancias oficiales. Le dijo a su alumno que probase a volar con una tarjeta de embarque donde su nombre no coincidiese con lo que pone en su documento de identidad (en cierta ocasión yo mismo me encontré en Londres con una Chelo a la que no dejaron subir al avión por eso). Los padres no querían dar su brazo a torcer, mientras que el centro defendía a su profesor.

Al final, el chico (buen estudiante, para más señas), le dijo a mi amigo que escribiría su nombre correctamente, después de una conversación que tuvieron ambos. El profesor le puso algunos ejemplos: Hantonio, Llolanda, Bicente y un largo etcétera (quedó en pasarme el listado completo). El chico acabó reconociendo que no se veían muy bien y que quizá el suyo, al que estaba acostumbrado, pudiese causar la misma impresión a otros, incluidos, por cierto, los examinadores de selectividad.

Si alguna vez veo escrito Hantonio por algún lugar, os lo haré saber. Y si tenéis ejemplos parecidos, os animo a compartirlos.

domingo, 31 de julio de 2011

Manosear la literatura

Sábado en una librería del centro. Paseo por los pasillos sin rumbo fijo, parándome allá donde veo algún título interesante. De repente, veo un libro que hacía tiempo que buscaba; ya lo había leído, pero quería comprarlo, así que lo cojo de la pila y me pongo a hojearlo tranquilamente. Una señora, a mi lado, me mira sin disimulo. Yo le devuelvo la mirada y me sale un gesto involuntario con las cejas. Algo así como "¿sí?, dígame". La señora, de unos sesenta años, se da la vuelta y se marcha a otro pasillo, así que sigo pasando las páginas del libro, recordando algunos pasajes y sonriendo involuntariamente.

Cuando estoy a punto de cerrarlo y dirigirme a la caja, la señora aparece por el otro lado, me vuelve a mirar y me dice: "deja de manosear la literatura; compra el libro". Acto seguido, la mujer se marcha por donde ha venido. Yo miro a mi alrededor, para ver si alguien más ha oído sus palabras. Me quedo con el libro entre las manos, sin saber muy bien qué decir. De no ser porque han venido a buscarme, quizá todavía estaría allí.

Horas después, todavía estoy sorprendido, pero tengo que reconocer que me ha gustado eso de "manosear la literatura".

martes, 26 de julio de 2011

De búhos y otras aves rapaces

Como muchas otras historias, ésta comenzó durante una cena, hace ahora algunos días. En casa de un amigo mexicano, mientras degustábamos la comida que nos había preparado y brindábamos con cerveza Pacífico por su regreso a casa este próximo fin de semana. “La tierra llama”, me dice desde hace años. Parece ser que le ha prestado atención por fin. No sé muy bien cómo fue la conversación, porque estaba lejos de donde se inició, pero de repente me estaban preguntando si la palabra “búho” llevaba tilde. Tenga un filólogo siempre a mano. Varias caras me miraron con expectación. Ahí estaba el juez para dictar sentencia, sin saber quién defendía qué. “Sí, con tilde”, contesté después de unos segundos.Un bando sonreía, pero el otro no quería dar su brazo a torcer: “pero si es sólo una sílaba”, “delante de hache intercalada no se pone tilde (¿?)”, “a ver, a ver qué dice el diccionario”.

El diccionario, sin embargo, estaba ya empaquetado junto con el resto de libros. Por suerte (o por desgracia, según a quién se le pregunte), hoy en día muchas discusiones se acaban rápido cuando alguien saca su teléfono móvil con conexión a internet y realiza una consulta. Efectivamente, el diccionario daba la razón al sí, pero la discusión se transformó en otra. El diccionario de la Real Academia da esta definición de “búho”:

búho.

(Del lat. vulg. bufo, y este del lat. bubo, -ōnis).

1. m. Ave rapaz nocturna, indígena de España, de unos 40 cm de altura, de color mezclado de rojo y negro, calzada de plumas, con el pico corvo, los ojos grandes y colocados en la parte anterior de la cabeza, sobre la cual tiene unas plumas alzadas que figuran orejas.

¿Indígena de España? ¿No hay búhos en otras partes? ¿Se han exportado todos? ¿De 40 cm y de esos colores solamente? Por suerte, también tenemos un biólogo en plantilla de amigos, así que todas las miradas se dirigieron a él. “Pues no sé”, nos dijo mientras sacaba de su bolsillo su teléfono. Unos segundos y ya teníamos la respuesta: esa definición correspondía a una especia concreta; el Búho real. ¿Por qué la Academia define de esta manera “búho”? ¿Por qué no es más genérica en su definición? ¿Alguien con la respuesta a mano? O en su móvil.

viernes, 15 de julio de 2011

Chocolatinas mágicas

Anoche estuve cenando con mis tíos y mis primos, a los que procuro visitar siempre que puedo. Recordando viejas historias, me vino a la cabeza una de cuando tenía unos cinco o seis años; una de mis tías fue a Berlín (todavía partido en dos) y me trajo una caja de chocolatinas rellenas de mermelada de distintos sabores. Para mí fue todo un acontecimiento. Puede que a los más jóvenes les pueda sorprender el regalo, pero en la España de aquel entonces la variedad y la “fantasía” en este tipo de productos no era, ni mucho menos, la que podemos disfrutar ahora.

Supongo que el chocolate me debió gustar, pero me recuerdo a mí mismo tratando de descifrar aquellas palabras escritas en alemán que había en el envoltorio. Varios lustros después, sigo siendo incapaz de saber qué ponía, pues no conozco más que alguna palabra suelta en alemán. Sin embargo, algunos de mis amigos sí que estarían en disposición de echarme una mano, ya que estudiaron alemán y unos pocos, además, lo hablan con gran fluidez. Excluyo de este párrafo a mis amigos alemanes, claro.

Cuando volvía a casa en coche, después de cenar, me paré a pensar en todos mis amigos o familiares que han ido aprendiendo distintos idiomas a lo largo de estos años. Y me sorprendió (gratamente, añado) el número y la variedad. La mayoría ha ido estudiando inglés durante su vida (aquí hago un inciso; pocos lo hablan de manera fluida, ¿por qué será?), pero luego conté, dentro de mi círculo más cercano: euskera, francés, alemán, italiano, portugués, ruso, farsi, mandarín, japonés, hebreo, árabe y sueco como idiomas aprendidos. Sólo unos pocos pisaron la facultad de letras, pero me consta que la mayoría disfrutaron de su aprendizaje y disfrutan ahora de la comunicación en otra lengua. Me gusta hablar con ellos sobre eso.

Hace tantos años, con mis chocolatinas mágicas en las manos, ni siquiera podía llegar a imaginar las ciudades que acabaría visitando, las lenguas que hablaría, las que escucharía con atención pese a no entender nada. Tampoco podía imaginar, hace tantos años, que estaría compartiendo, a través de una red, ésta y otras experiencias con personas con mis mismos intereses. A veces, si me paro a pensarlo por un momento, todavía me cuesta.

lunes, 11 de julio de 2011

Pacha, aña

Por supuesto, no recuerdo las primeras palabras que pronuncié en voz alta. Tampoco recuerdo si tardé mucho en hablar o me lo tomé con relativa calma. En fin, no tengo la información de primera mano, pero digamos que las fuentes son del todo fiables.

No sé si todos los padres esperan que las primeras palabras de su hijo sean “papá” o “mamá” o cualquiera de sus múltiples derivados, pero estoy seguro de que ha habido miles de sorpresas en esas primeras palabras. ¿Sabéis qué fue lo primero que dijisteis? El otro día, en una reunión familiar, volvieron a explicarme que las primeras palabras que dije fueron “pacha” y “aña”. Como os podréis imaginar, nadie sabía muy bien qué quería decir aquello.

Al principio no me hicieron demasiado caso, pero luego fueron atando hilos, cuando fui pronunciando algunas otras palabras y ya llamaba a mis padres. Entonces, cuando tuve delante una cuchara, pronuncié “pacha”. Cuando vi una naranja, pronuncié “aña” (esto último, al parecer, con cierta efusividad). ¿Tanto me gustaba comer? Ésa es otra de las cosas que no recuerdo, claro… Pero ya me han contado que no se me daba mal del todo.

No sé si mis padres se desilusionaron o se sorprendieron, pero llegados a este punto me pregunto si aquel uso del lenguaje era una necesidad por mi parte o simple glotonería.

miércoles, 6 de julio de 2011

Cuando sea menester

En ocasiones, pequeños detalles hacen que nos vuelvan a la memoria situaciones o conversaciones que tuvimos con las personas que estuvieron cerca y que ya no están. Porque murieron, se fueron lejos o simplemente perdimos el contacto. A mí me pasa con las conversaciones que tenía con mis abuelos y con las expresiones que ellos utilizaban y que están actualmente (muchas de ellas) en desuso. De repente, oigo una de esas expresiones en la radio, en la televisión o en el metro y me vuelven a la cabeza multitud de recuerdos. Entonces me pongo nostálgico y me da por escribir líneas como estas.

Como muchos otros niños de mi generación, me crié, en parte, con mis abuelos. Me alegra reconocerlos a veces en gestos que hago, en palabras o expresiones que utilizo. Seguramente no sea el principal legado que obtuve de ellos, pues aprendí tantas cosas que muchas de ellas acaban diluyéndose y uno pierde la percepción de que están ahí, pero me encanta usar ese tipo de expresiones que me llegan de otro lugar y de otro tiempo.

Yo las interiorizaba y las hacía mías poco a poco. A veces, llegaban a sorprender a mis profesores de primaria, que no entendían que un niño de mi edad usase con total normalidad expresiones como “cuando sea menester” o palabras como “zagal”. Reconozco que las tengo, éstas y muchas otras, en un rincón de la cabeza y que vuelven muchas veces, pero siento que cada vez con menos frecuencia, pues me resulta más complicado cada día poder hacer uso de ellas sin que la persona con la que hablo me mire con cierta curiosidad. Es por ello que siempre me sorprende una sonrisa cuando las leo en algún libro, porque en esas palabras veo también a mis abuelos. Y, entonces, siento de verdad que me acompañarán toda la vida. Sus palabras y ellos mismos.

sábado, 2 de julio de 2011

Color melón

Hoy estaba sentado en una terraza, en mitad de una plaza, comiéndome un helado de melón. No sé si habrá algún sabor con el que no hayan experimentado ya, pero el de esta noche era de melón. A veces sucede que de repente, y sin saber muy bien por qué, aparece en tu cabeza una idea o un recuerdo que parecía escondido o sepultado para siempre. El helado de melón me ha llevado diez años atrás. Ojo, no es que fuese en busca del tiempo perdido ni nada por el estilo. Hace diez años, tal día como hoy, estaría atendiendo a los clientes en la tienda de ropa donde trabajaba.

Una señora se me acercó y me preguntó si tenía alguna camisa color melón. Así, a quemarropa. Yo había leído que los hombres sólo eran capaces de distinguir diez colores, pero por aquel entonces todavía me faltaba alguno por aprender de la decena. Ahora me río cuando me veo a mí mismo pensando: "¿pero el color de fuera o el de dentro?". Suerte que uno estaba estudiando filología y tenía recursos a mano (esta frase es gratuita, claro), así que la acompañé a la sección de camisas, esbocé una sonrisa y le dije: "mire, aquí puede ver toda la gama de colores, por si considera que algún otro también le puede interesar. Todos los colores que tenemos están aquí". La señora, claro, me miró con suspicacia, pero me dio las gracias y se puso a mirar camisas.

Aproveché el momento para escabullirme hacia la zona de la ropa de mujer para preguntar a alguna de mis compañeras por el color melón. Una de ellas me indicó un vestido expuesto en un maniquí. Hace diez años nunca había visto un melón anaranjado, pero no tuve más remedio que creer lo que me decía.

Años más tarde, cuando dejé el trabajo en la tienda, ya conocía más de diez colores, incluidos varios tonos de melón. Sin embargo, por la falta de práctica, se me han ido olvidando y mezclando en la memoria, pero ya nunca me resulta un problema: ahora voy a una tienda y pido unos zapatos que he visto en el escaparte color pimientos del padrón, fruta de la pasión o paella mar y montaña y me quedo tan ancho.