Tengo que hacer un recuento después de la muerte de Raúl. Estoy sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, mientras anoto en mi cuaderno los nombres de aquellos que han conseguido llegar hasta hoy con vida dentro del grupo.
Rubén, Pau, Claudia, Rosa, Tomika, Julián, Miquel, Paula, David I, David II, Toto, Clara, Diego, Pol, Irene, Diana, Saúl y Jean. Los cinco últimos son niños.
Estos son, pues, los nombres que se llevan apuntados en sus papeles los tres informadores.
Las noticias que nos han ido dando más o menos las conocíamos o las intuíamos, pero no por ello ha sido menos interesante escucharlas en boca de alguien que ha recorrido más de 100 kilómetros a pie. Su idea es volver a su punto de origen dentro de seis meses y unificar los datos con los demás grupos.
A primera hora, cuando estaban recogiendo sus mochilas para marcharse, me he acercado a ellos para advertirles que cuando nos encontraron en el túnel estábamos enterrando a un compañero que había caído tras un disparo. Al parecer, era el primer caso que oían, pero no descartaban que la gente empezase a organizarse y a defender lo que creían su territorio.
Al despedirnos, cuando ya creía que no podía haber muchos más, todavía faltaba un golpe de teatro antes de que desaparecieran escaleras arriba. Matías se ha girado hacia nosotros y ha lanzado una bomba en mi cabeza:
-Estos días son tiempos de leyendas, de profecías y de otras gilipolleces. Os recomiendo que no hagáis caso más de lo que tenéis delante, de lo que podéis ver, tocar. Vender esperanza es muy fácil, pero también muy cruel. No hagáis caso de lo que nadie os cuente, pues las palabras son peligrosas y se pueden volver en vuestra contra. Se habla de Dios como causante del desastre, de una guerra nuclear repentina, de ataques terroristas a escala global, de reajustes ecológicos de la Tierra… cada cual tiene su versión, pero la única verdad es que no sabemos nada. Nadie.
Se ha quedado pensativo por un momento y, casi sin darle importancia a lo que decía, ha continuado:
-También, claro está, es tiempo propicio para los héroes. Ahora mismo, sabed que ya se habla de uno al que nadie conoce directamente, al que nadie ha visto nunca: alguien que puede salir por las noches y a quien no le afecta el ruido. Su nombre, dicen; RQ.
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martes, 28 de diciembre de 2010
lunes, 13 de diciembre de 2010
VII. Informadores
Hemos caminado detrás, sin decirnos nada y a una distancia prudencial, como si fuesen ellos quienes nos guiasen. Al fin y al cabo, he acabado pensando, eran los portadores de la luz.
Sólo hemos retomado la compostura cuando la poca claridad de la estación ha aparecido levemente a lo lejos, como una bruma, después de una curva. Hogar, dulce hogar. Como ya estaba anocheciendo, todo el mundo se encontraba en el andén, justo a tiempo para ver a los recién llegados. Después de pedirnos un permiso que no hacía falta, o quizá sí, teniendo en cuenta todo lo que acabamos de vivir, se han quedado a pasar la noche con nosotros, por lo que hemos avivado la hoguera y preparado una buena cena.
Más tarde, cuando todo el mundo ya había acabado de comer y se estaban sirviendo cafés, Matías se ha levantado, con cierta parsimonia, y se ha hecho un silencio que sin duda buscaba. Alrededor de la hoguera había una expectación creciente.
-Veréis; como ya os hemos avanzado, somos informadores. Estamos siguiendo una ruta para averiguar si se pueden efectuar desplazamientos de larga distancia sin problemas. Esto es, si hay refugios seguros a menos de un día de camino. Venimos del norte y ésta es la primera parada que hacemos en la ciudad. Otros grupos han salido en distintas direcciones, pero como es evidente, todavía no sabemos nada de ellos.
En un instante, las conversaciones entrecruzadas no dejaban oír su voz, por lo que ha pedido silencio con la mano. La ha extendido como un chamán, como un curandero que se acerca despacio a la zona dolorida del guerrero para curarle. Poco a poco, los sonidos se han ido diluyendo en la estación.
-Antes de las preguntas, dejad que exponga algunas consideraciones que, creo, son de interés para todos. La primera es que no sabemos a ciencia cierta qué pasó el 9 de octubre, pero todo lo que hemos visto hasta aquí tiene el mismo panorama; no hay zonas indemnes. Sinceramente, creo que si nadie ha venido a buscarnos es porque no hay nadie para hacerlo. Lo segundo que quiero aclarar es algo que, si estáis vivos, evidentemente ya sabéis; el ruido (o lo que quiera que haya detrás) sólo nos mata de noche. Bajo tierra estamos seguros. Tampoco sabemos por qué sucede de esta manera, pero es así. Tercer punto; en el camino nos hemos encontrado apenas con una docena de grupos. 153 personas en total; llevamos un registro.
Después de unos segundos de silencio, Matías se ha girado hacia su compañero y le ha hecho un gesto con la cabeza. Sele ha abierto con cierta torpeza el tubo y ha sacado un papel enrollado que ha ido extendiendo sobre una manta.
-Por… por favor –ha dicho, casi en un tartamudeo inaudible– si alguien conoce a alguna de estas personas, por favor, por favor que lo diga.
Uno tras otro hemos ido leyendo el papel, pero sin resultados. Entonces, ha sacado un bolígrafo, también del tubo, y ha empezado a apuntar nuestros nombres.
Si había preguntas, todos se las han guardado para ellos. En determinadas ocasiones, es mucho mejor creer que saber.
Sólo hemos retomado la compostura cuando la poca claridad de la estación ha aparecido levemente a lo lejos, como una bruma, después de una curva. Hogar, dulce hogar. Como ya estaba anocheciendo, todo el mundo se encontraba en el andén, justo a tiempo para ver a los recién llegados. Después de pedirnos un permiso que no hacía falta, o quizá sí, teniendo en cuenta todo lo que acabamos de vivir, se han quedado a pasar la noche con nosotros, por lo que hemos avivado la hoguera y preparado una buena cena.
Más tarde, cuando todo el mundo ya había acabado de comer y se estaban sirviendo cafés, Matías se ha levantado, con cierta parsimonia, y se ha hecho un silencio que sin duda buscaba. Alrededor de la hoguera había una expectación creciente.
-Veréis; como ya os hemos avanzado, somos informadores. Estamos siguiendo una ruta para averiguar si se pueden efectuar desplazamientos de larga distancia sin problemas. Esto es, si hay refugios seguros a menos de un día de camino. Venimos del norte y ésta es la primera parada que hacemos en la ciudad. Otros grupos han salido en distintas direcciones, pero como es evidente, todavía no sabemos nada de ellos.
En un instante, las conversaciones entrecruzadas no dejaban oír su voz, por lo que ha pedido silencio con la mano. La ha extendido como un chamán, como un curandero que se acerca despacio a la zona dolorida del guerrero para curarle. Poco a poco, los sonidos se han ido diluyendo en la estación.
-Antes de las preguntas, dejad que exponga algunas consideraciones que, creo, son de interés para todos. La primera es que no sabemos a ciencia cierta qué pasó el 9 de octubre, pero todo lo que hemos visto hasta aquí tiene el mismo panorama; no hay zonas indemnes. Sinceramente, creo que si nadie ha venido a buscarnos es porque no hay nadie para hacerlo. Lo segundo que quiero aclarar es algo que, si estáis vivos, evidentemente ya sabéis; el ruido (o lo que quiera que haya detrás) sólo nos mata de noche. Bajo tierra estamos seguros. Tampoco sabemos por qué sucede de esta manera, pero es así. Tercer punto; en el camino nos hemos encontrado apenas con una docena de grupos. 153 personas en total; llevamos un registro.
Después de unos segundos de silencio, Matías se ha girado hacia su compañero y le ha hecho un gesto con la cabeza. Sele ha abierto con cierta torpeza el tubo y ha sacado un papel enrollado que ha ido extendiendo sobre una manta.
-Por… por favor –ha dicho, casi en un tartamudeo inaudible– si alguien conoce a alguna de estas personas, por favor, por favor que lo diga.
Uno tras otro hemos ido leyendo el papel, pero sin resultados. Entonces, ha sacado un bolígrafo, también del tubo, y ha empezado a apuntar nuestros nombres.
Si había preguntas, todos se las han guardado para ellos. En determinadas ocasiones, es mucho mejor creer que saber.
jueves, 25 de noviembre de 2010
VI. Me llamo Diego
No sé cuánto tiempo hemos permanecido en silencio, casi sin respirar, esperando que llegasen a nuestra altura. No teníamos ningún plan, nada pensado, así que nos hemos mirado con espanto cuando el grupo de la linterna ha parado en seco muy cerca de nuestra posición. De repente, hemos visto que la luz se dirigía hacia la pared donde nos escondíamos y avanzaba lentamente hacia nosotros. Hasta que, por fin, nos hemos visto deslumbrados. Rápidamente, el haz de luz ha vuelto al suelo y nuestros ojos se han podido acostumbrar de nuevo a la semioscuridad del túnel. Eran dos hombres y una mujer.
-Hola. –ha dicho el que llevaba la linterna.
Hemos salido despacio, entre avergonzados y precavidos.
-¿Vivís en el túnel?
Nos hemos mirado entre los tres, buscando una respuesta en el gesto de los demás, pero de forma infructuosa.
-Tranquilos –ha insistido, mientras nos indicaba con la mirada un fusil que llevaba la mujer. -No vamos a utilizarlo si no pensáis asaltarnos.
-No, no, disculpa. Nos habéis sorprendido volviendo a la estación. Viv… dormimos allí. –he intervenido por fin.
-De acuerdo, no hay problema. Soy Matías, él es Sele y ella Martina.
El hombre de la linterna, Matías, transmitía una seguridad inusual en estos tiempos, mientras Martina, una chica rubia de unos 20 años, permanecía seria y agresiva con su fusil en las manos. El otro hombre parecía esconderse de nuestras miradas y se acariciaba constantemente una tímida barba que apenas despuntaba. Llevaba colgado en bandolera un tubo de plástico, como el que solían utilizar arquitectos o ingenieros para transportar planos enrollados.
-Me llamo Diego. Pau y Julián… Los demás están en la estación.
-Perfecto. Si no os importa, vamos hacia allá, tenemos cosas que contaros. Creo que os interesarán.
De nuevo, nos hemos cruzado miradas inquisitivas entre los tres, pero los dos hombres y la chica ya habían comenzado a caminar hacia la estación.
-¡Somos informadores! –ha gritado Matías desde unos metros más adelante.
-Hola. –ha dicho el que llevaba la linterna.
Hemos salido despacio, entre avergonzados y precavidos.
-¿Vivís en el túnel?
Nos hemos mirado entre los tres, buscando una respuesta en el gesto de los demás, pero de forma infructuosa.
-Tranquilos –ha insistido, mientras nos indicaba con la mirada un fusil que llevaba la mujer. -No vamos a utilizarlo si no pensáis asaltarnos.
-No, no, disculpa. Nos habéis sorprendido volviendo a la estación. Viv… dormimos allí. –he intervenido por fin.
-De acuerdo, no hay problema. Soy Matías, él es Sele y ella Martina.
El hombre de la linterna, Matías, transmitía una seguridad inusual en estos tiempos, mientras Martina, una chica rubia de unos 20 años, permanecía seria y agresiva con su fusil en las manos. El otro hombre parecía esconderse de nuestras miradas y se acariciaba constantemente una tímida barba que apenas despuntaba. Llevaba colgado en bandolera un tubo de plástico, como el que solían utilizar arquitectos o ingenieros para transportar planos enrollados.
-Me llamo Diego. Pau y Julián… Los demás están en la estación.
-Perfecto. Si no os importa, vamos hacia allá, tenemos cosas que contaros. Creo que os interesarán.
De nuevo, nos hemos cruzado miradas inquisitivas entre los tres, pero los dos hombres y la chica ya habían comenzado a caminar hacia la estación.
-¡Somos informadores! –ha gritado Matías desde unos metros más adelante.
lunes, 8 de noviembre de 2010
V. Luz al final del túnel
Mientras llevábamos el cuerpo de Raúl hacia el pozo he podido hablar con Pau y Julián. Entre los tres acarreamos el bulto a lo largo de las vías, túnel adentro.
-¿Dices que dispararon sin previo aviso?
-Así fue. Estábamos a la altura de la fuente, la más grande, cuando oímos un ruido. Parecía una plancha de metal cayendo de repente al suelo, pero en seguida vimos que era un disparo. Raúl estaba sangrando, tirado en la acera. No le dio tiempo ni de quejarse. Cuando nos agachamos a ayudarle, sonó otro disparo, pero no sé dónde fue a parar. No había más gente en la calle, no nos habíamos encontrado con nadie.
Julián ha intervenido ante el silencio de Pau, que ha mirado hacia otro lado mientras se mordía con rabia el labio inferior.
-Panda de cabrones… cuando le arrastrábamos para alejarnos aún sonaron dos más. Te juro que sólo estábamos andando, ni siquiera llevábamos nada que pudieran robarnos.
Una vez en el pozo, más o menos a un kilómetro de la estación, dentro del túnel, los tres hemos permanecido en silencio mientras abríamos la verja que lo separa de las vías y retirábamos la tapa. Un segundo después, dejábamos caer al vacío el cuerpo sin vida de Raúl. Ha sido todo muy rápido, como de costumbre. Maltida costumbre.
Esta vez, sin embargo, la vuelta no ha transcurrido como en ocasiones anteriores. Habríamos andado unos 200 metros cuando Julián se ha parado en seco y ha pedido silencio, visiblemente nervioso. Hemos escuchado atentamente durante unos segundos y por fin hemos oído algo. Parecía que alguien se acercaba por detrás, con paso firme y regular.
-Parecen ser varios –ha susurrado Pau. He asentido con la cabeza y de repente he visto una luz que parpadeaba.
Por un momento nos ha invadido la angustia; no sabíamos si echar a correr hacia la estación o esperar, pero casi instintivamente nos hemos escondido en un hueco de la pared. Conteniendo la respiración, me he asomado ligeramente a las vías y he podido comprobar que la luz procedía de una linterna. No parpadeaba, sino que seguía el paso de su portador y se ocultaba a cada movimiento del brazo hacia atrás.
Encontrar gente nueva no es siempre señal de buenas noticias, como bien sabemos desde ayer. Menos aún cuando a ninguno de los tres se le ocurrió venir armado.
-¿Dices que dispararon sin previo aviso?
-Así fue. Estábamos a la altura de la fuente, la más grande, cuando oímos un ruido. Parecía una plancha de metal cayendo de repente al suelo, pero en seguida vimos que era un disparo. Raúl estaba sangrando, tirado en la acera. No le dio tiempo ni de quejarse. Cuando nos agachamos a ayudarle, sonó otro disparo, pero no sé dónde fue a parar. No había más gente en la calle, no nos habíamos encontrado con nadie.
Julián ha intervenido ante el silencio de Pau, que ha mirado hacia otro lado mientras se mordía con rabia el labio inferior.
-Panda de cabrones… cuando le arrastrábamos para alejarnos aún sonaron dos más. Te juro que sólo estábamos andando, ni siquiera llevábamos nada que pudieran robarnos.
Una vez en el pozo, más o menos a un kilómetro de la estación, dentro del túnel, los tres hemos permanecido en silencio mientras abríamos la verja que lo separa de las vías y retirábamos la tapa. Un segundo después, dejábamos caer al vacío el cuerpo sin vida de Raúl. Ha sido todo muy rápido, como de costumbre. Maltida costumbre.
Esta vez, sin embargo, la vuelta no ha transcurrido como en ocasiones anteriores. Habríamos andado unos 200 metros cuando Julián se ha parado en seco y ha pedido silencio, visiblemente nervioso. Hemos escuchado atentamente durante unos segundos y por fin hemos oído algo. Parecía que alguien se acercaba por detrás, con paso firme y regular.
-Parecen ser varios –ha susurrado Pau. He asentido con la cabeza y de repente he visto una luz que parpadeaba.
Por un momento nos ha invadido la angustia; no sabíamos si echar a correr hacia la estación o esperar, pero casi instintivamente nos hemos escondido en un hueco de la pared. Conteniendo la respiración, me he asomado ligeramente a las vías y he podido comprobar que la luz procedía de una linterna. No parpadeaba, sino que seguía el paso de su portador y se ocultaba a cada movimiento del brazo hacia atrás.
Encontrar gente nueva no es siempre señal de buenas noticias, como bien sabemos desde ayer. Menos aún cuando a ninguno de los tres se le ocurrió venir armado.
domingo, 31 de octubre de 2010
IV. Con una basta
Era mediodía cuando por fin me he despertado. La guardia de anoche pasó sin incidencias y a esta hora ya no había nadie en la estación. He pensado en subir un rato, pero me he encontrado cansado. Más que cansado, desganado.Al abrir un paquete de galletas me ha vuelto a la cabeza el sueño de hacía un momento, todo igual que siempre, exactamente como cada vez que cierro los ojos. RQ. ¿Serán unas siglas? ¿Unas iniciales? Lo único que tengo claro al despertar es que se trata de la solución, la pieza clave de un puzzle que no sabía que estaba ensamblando. Sin embargo, ¿solución a qué? Eso no lo sé.
Después de comer un poco, con ánimo mejorado, me he decidido a subir las escaleras, pero me he quedado en el primer peldaño cuando tres hombres del grupo, Julián, Pau y Miquel, han bajado deprisa, arrastrando a otro que sangraba. Al pasar a mi lado me he dado cuenta de que se trataba de Raúl, un chico taciturno y muy poco hablador, pero con malas pulgas cuando se le buscan las cosquillas. He caminado en paralelo a lo largo del andén mientras buscaba una explicación en sus caras y, sobre todo, en sus palabras.
-Le han disparado –ha dicho finalmente Pau.
No me he atrevido a preguntar nada, pero ¿quién cojones le iba a disparar? Me he detenido en seco y ellos han seguido hasta el rincón donde suele dormir Raúl. Cuando lo tendían sobre su colchón he tenido la certeza que le quedaban pocas bocanadas que darle al aire condensado de la estación, así que he permanecido en silencio, un poco apartado de los demás. Diez minutos después, casi todos los habitantes de aquel trozo del subsuelo estaban congregados alrededor de los cuatro hombres. Entonces, Pau se ha erigido, creo que sin quererlo, como portavoz.
-No hay mucho que explicar. Por lo visto, se están creando algunos grupos organizados. No sé, bandas, diría yo. No sé qué coño quieren, pero es absurdo matarnos entre nosotros, mierda. Le han disparado. Simplemente, le han disparado. Y a nosotros, sin previo aviso, pero hoy le tocó caer a él. Joder, hemos tenido suerte de poder traerlo. Un disparo en el pecho… con una bala basta…
Raúl ha muerto media hora después, entre un silencio que asustaba más que el ruido de cada noche. Dentro de un rato vamos a llevar su cuerpo al pozo, como hemos hecho con los otros durante estas semanas.
Un día más, una persona menos.
lunes, 25 de octubre de 2010
III. De guardia
Hoy me ha tocado pasarme la noche en blanco, de guardia. No sé para qué, la verdad, porque no hay nada que vigilar, pero desde el primer día parece que esta responsabilidad compartida estrecha lazos en el grupo. Por supuesto, nadie pone un pero cuando llega su turno. Se hace siempre en pareja, con un acompañante que te sirve, sobre todo, para desviar la atención de tus miedos. O de tu miedo, en singular, que no es otro que ese ruido que viene de la superficie y que a veces parece viento y otras rugido, de vez en cuando risa y a menudo mar embravecido.
¿Y qué es? ¿Qué lo provoca? De eso nunca se habla en la guardia. Se aprovecha la noche para conocer un poco más a la persona que tienes delante, pistola en mano. Para recordar cómo era todo en tu vida y en la suya antes del desastre. Para discutir de fútbol. No, no es verdad; no se discute de fútbol. A veces alguien saca el tema, tratando de echar unas risas, pero no nos sobran fuerzas, y menos risas. Vaya, ahora sé que tengo que hacerme con un balón en cuanto pueda.
Mi compañero de esta noche se llama Rubén. Era cocinero en un restaurante. Al menos, eso cuenta él, pero yo no acabo de verle detrás de los fogones. Aunque, la verdad, ahora es difícil imaginarte a nadie haciendo nada. Tiene 34 años y está tranquilo, porque pudo ver los cuerpos sin vida de todos los que le importaban. Los que todavía no han perdido la esperanza son quienes peor lo pasan; buscan y no encuentran. O ni siquiera saben por dónde empezar a buscar.
-¿Quieres un pitillo, Rubén?
Lo ha cogido, agradeciendo mi gesto con un leve movimiento de cabeza, y luego lo ha mirado fijamente, durante largo rato. Cuando ya no le prestaba atención, ha sonreído mientras murmuraba:
-Ojalá me mates tú, tabaco cabrón.
¿Y qué es? ¿Qué lo provoca? De eso nunca se habla en la guardia. Se aprovecha la noche para conocer un poco más a la persona que tienes delante, pistola en mano. Para recordar cómo era todo en tu vida y en la suya antes del desastre. Para discutir de fútbol. No, no es verdad; no se discute de fútbol. A veces alguien saca el tema, tratando de echar unas risas, pero no nos sobran fuerzas, y menos risas. Vaya, ahora sé que tengo que hacerme con un balón en cuanto pueda.
Mi compañero de esta noche se llama Rubén. Era cocinero en un restaurante. Al menos, eso cuenta él, pero yo no acabo de verle detrás de los fogones. Aunque, la verdad, ahora es difícil imaginarte a nadie haciendo nada. Tiene 34 años y está tranquilo, porque pudo ver los cuerpos sin vida de todos los que le importaban. Los que todavía no han perdido la esperanza son quienes peor lo pasan; buscan y no encuentran. O ni siquiera saben por dónde empezar a buscar.
-¿Quieres un pitillo, Rubén?
Lo ha cogido, agradeciendo mi gesto con un leve movimiento de cabeza, y luego lo ha mirado fijamente, durante largo rato. Cuando ya no le prestaba atención, ha sonreído mientras murmuraba:
-Ojalá me mates tú, tabaco cabrón.
viernes, 22 de octubre de 2010
II. RQ
Me paso los primeros minutos después de despertar pensando en RQ hasta que me doy cuenta de que tengo que hacer algo, lo que sea, para ponerme en marcha de nuevo. Entonces mascullo entre dientes las dos letras, les doy la vuelta, las tarareo, las pronuncio por lo bajo en distintos idiomas. Nada, no encuentro nada.
Esta mañana, cuando por fin he vuelto al mundo real, mientras alimentaba con unos palos la hoguera improvisada de cada noche, se ha acercado Saúl, un niño de unos seis o siete años, con un muñeco que arrastraba por el suelo sucio de la estación. No me ha dicho nada; se ha quedado de pie, observando mi torpeza con el fuego, y luego ha estornudado antes de darse la vuelta y volver al rincón de donde había salido unos segundos antes. ¿Cómo es posible?, me digo una y otra vez. ¿Quién se ha inventado este absurdo? Sin embargo, por más que piense, por más que me pregunte, no tengo ninguna respuesta.
domingo, 17 de octubre de 2010
Los diarios RQ. I. Consideraciones preliminares
Pensaba empezar hace algunos días, pero ni las circunstancias eran las más idóneas ni las noches han permitido demasiadas alegrías. Las guardias se hacen interminables, hay tensión en cada ruido y el arremolinamiento de gente en cualquier sótano impide esa introspección tan necesaria para hablarse a uno mismo. De todas maneras, tengo que decir que también ha habido alguna noche más o menos buena, alrededor de una hoguera y con una botella de lo que fuese yendo de mano en mano. Como unos putos boy scouts preadolescentes. Eso somos; gente jugando a algo que le va completamente grande. Tiene gracia, pero quizá eso es precisamente lo que nos mantiene con vida día tras día. ¿Qué nos queda, si no?No puedo decir, claro, que seamos todos grandes amigos de repente, porque eso sería faltar a la verdad de todo lo que está pasando, pero en el fondo la necesidad nos ha empujado al lado de personas que en otro tipo de circunstancias hubiésemos ignorado sin dudarlo. Yo y todos los demás. La miseria nos iguala y, al final, nos une.
Por lo menos, ahora puedo compartir la carga que llevo con otros que se encuentran en similares circunstancias, porque cuando me creí solo, sobre todo en los primeros días, supe que no resistiría demasiado. Ahora, con el paso de las semanas, sé que no nos estamos acercando al fondo de la cuestión, pero sí poco a poco a la forma. Hoy sabemos, sin entenderlo, cómo funciona, cómo nos persigue y cómo acaba con nosotros. A algunos eso les tranquiliza un poco, a otros les desquicia más que cuando no sabían nada. Yo, la verdad, no sé con qué opción quedarme, pero quizá tiendo a seguir la senda de los que opinan que la increíble carambola que nos ha salvado la vida hasta hoy es lo que realmente importa. Sí, brindo por eso.
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